El limpiabotas

Siempre acudía al viejo limpiabotas, más por costumbre que por necesidad. Sus zapatos siempre acababan más sucios de lo que estaban. Su vista ya no era lo que fue, demasiados años de trabajo, desde niño. Los trapos que usaba estaban grasientos y ennegrecidos. El betún nunca quedaba bien extendido. Sin embargo le gustaba oír hablar a aquel hombre sobre las buenas costumbres y cómo los zapatos reflejaban la clase de un hombre. Le gustaba imaginarse a importantes hombres de negocios dedicando un poco de tiempo a cuidar de sus zapatos. Ahora nadie se fija en los zapatos -decía el limpiabotas- pero no se fíe de alguien con los zapatos sucios. Casi siempre volvía a limpiarlos al llegar a casa, pero merecía la pena la charla con el limpiabotas. Además no se podía imaginar como sería la vida del limpiabotas cuando ya a nadie le importase el aspecto de sus zapatos.

El fin del mundo

Más allá de la cortina de nieve no podía ver nada.  Al darse la vuelta vio al niño, sobre sus propias huellas, observándola fijamente.
– ¿Qué es esa chatarra que llevas en la carreta? -preguntó ella.
– Son mis tesoros, pedazos de las personas y lugares que he conocido. Siempre las llevo conmigo. ¿Por qué tú no tienes nada?
– Lo he dejado todo atrás.
– Si das un paso más estarás un paso demasiado lejos -dijo el niño- Esto es el fin del mundo.
– Pues no puedo volver.
– Entonces me quedaré contigo un rato y cuando me vaya te daré un pedacito de mí para que puedas volver a empezar.