Aprendiendo a ver

Tanto quería ver el mar que le pidió a su nariz que aprendiese a oler las olas y la sal. Le pidió que oliese el azul profundo y el verde aguamarina.
Tanto quería ver los campos en flor que le pidió a sus oídos que aprendiesen a oír la llegada de la primavera y el despertar de las flores. Les pidió que oyesen las blancas margaritas y las rojas amapolas.
Tanto quería ver su cara que le pidió a sus manos que aprendieran a reconocer cada detalle, cada peca, el rubor de sus mejillas. Les pidió que le mostrasen su sonrisa y el color de su pintalabios.
Y a sus ojos sólo les pidió que no derramasen lágrimas jamás y así fue, porque la mar nunca es más azul, la primavera más colorida, ni una sonrisa enmarcada en rojo más bonita que cuando el ciego las ve.

¿Por qué lloran las magdalenas?

– Cuéntame un cuento de rábano y pimiento.

– Uy, pero esos ya no se llevan. Mejor te cuento uno de pasteles y meriendas.

Llorar como una magdalena significa llorar mucho o muy seguido, pero ¿por qué lloran las magdalenas? La vida de cualquier postre no es nada fácil; siempre los últimos, esperando a ver si hay sitio para ellos después de la comida, eso en el mejor de los casos, cuando no son ninguneados por simples trozos de fruta. Pero cuando llega su momento sin duda son las estrellas indiscutibles, los que siempre dejan el mejor sabor de boca. En el mundo de la bollería en particular la vida no es más fácil y cada cual tiene su función. A la hora del desayuno el primer puesto corresponde a Monsieur Croissant, quien solo o en compañía siempre sabe complacer a los comensales con sus refinado gusto. Brioches y Napolitanas también son buena compañía. Por la tarde les llega el turno a las Magdalenas, las reinas de la merienda, pomposas y emperifolladas, orgullosas y esponjosas. Aunque a veces su protagonismo se puede ver eclipsado por el encanto de los exóticos pastelillos, de brillantes colores y sabroso interior; o las humildes pastas, puntuales a las 5 y de exquisitos modales. Sin embargo las Señoras Magdalenas saben muy bien como recuperar su trono, con sus recatadas maneras que siempre recuerdan a épocas en las que todo parecía ser mejor.. Además, para que no se diga que lo de la aristocracia es cosa rancia, nuestras nobles amigas han llevado a cabo una ingeniosa campaña de marketing con la que se han ganado el corazón de los más jóvenes y modernos. Una reconversión de aburridos bollos de abuela en sofisticados, “cool” y divertidos “Muffins”. Un cambio de imagen que las ha llevado a cambiar su sobria toquilla de azúcar por extravagantes tocados de varios colores coronados con todo tipo de accesorios. Y por si a alguien se le ocurriese acusarlas de superficiales, estas damas de alta alcurnia no sólo han cambiado por fuera sino por dentro también. Ahora se han enriquecido interiormente con jugosos rellenos, dejando así atrás ciertos comentarios malintencionados acerca de que eran unas secas. Así pues este cambio de imagen, o como se suele decir ahora “restyling”, ha encumbrado a semejantes señoronas directamente al Top 10 de la repostería y, como era de esperar, no hay reunión, fiesta o celebración alguna a la que no estén invitadas estas Lady Muffins. Por supuesto siempre las hay que prefieren quedarse como están y mantener su regio linaje intacto. Para gustos los sabores.

Sin embargo, como dice el dicho: por mucho que la muffin se vista de crema, magdalena se queda. Por mucho que cambien de nombre y se recubran de sabrosas coberturas, nunca dejarán de ser Magdalenas. Y si hay algo que les gusta a las Magdalenas es llorar. Sí, llorar desconsoladas durante un largo rato. Al final acaban con su bonito maquillaje corrido, con chorretones de colores cayendo hacia abajo, manchándoles su bonita tulipa. ¿Y qué drama asola a tan solicitadas damas? Ninguno en particular, para ellas todo es terrible y cualquier momento es bueno para entonar aquel famoso “harina eres y en harina te convertirás”. Ellas quedan a la hora de merendar, engalanadas y deliciosas y entonces se cuentan las historias más tristes del mundo. Éstas son sus preferidas, les gustan oírlas una y otra vez, cada vez como si fuese la primera; y como ya se conocen el final empiezan a llorar desde el principio. Uno de los relatos que más las hacen llorar es el de la “Magdalenita Fea”. Si mal no recuerdo dice así:

Había una vez una bandeja de horno llena de magdalenas recién hechas. Todas esponjosas, todas iguales. Todas menos una. Esta pobrecita no había crecido igual que las demás, su cabeza no era perfecta y redonda como todas. No hay cosa peor para una magdalena que ser rechazada y acabar dura y mohosa en un rincón. Pobre Magdalenita Fea, nada más salir a del molde y ya tener que enfrentarse a tan triste destino. A pesar de los intentos de las Lenguas de Gato por animarla, la pobre solo podía llorar y llorar. En este punto, la Magdalena que cuenta la historia se interrumpe porque no puede contener las lágrimas. “Nosotras tenemos un nombre muy feo y a pesar de eso la gente nos quiere mucho”, decían las buenas Lenguas (de gato aún así) Pero no había consuelo para ella. Mientras las demás lloraban en grupo con sus perfectas cabezas, la Fea tenía que hacerlo sola en un rincón. ¡Qué tristeza! Ya notaba como empezaba a resecarse y el moho le subía por la espalda. Sin embargo algo pasó que la libró de tan temido final. Todas las Magdalenas bien hechas fueron llevadas a la mesa juntitas. Todas ellas mirando por encima del hombro a la que se había quedado sola. Pero para sorpresa de todos, a la Fea le pusieron un precioso manto rosa por encima que adornaron con estrellitas de azúcar. Ahora ella era la más bonita de todas las magdalenas. Colocada en el centro de la bandeja, su trono, era la envidia de todos. Por primera vez todos la miraban con admiración. Naturalmente fue la primera en ser elegida y resultó ser la más deliciosa de todas. Al oír esto las Magdalenas lloran desconsoladas mientras sus bonitas galas se deshacen por las lágrimas.

Y colorín colorado, o mejor dicho glaseado, este cuento se ha acabado. Aunque aún falta por contar la historia que hacía llorar a nuestras queridas Muffins antes de que la Magdalenita Fea hubiese sido horneada. Pero eso ya es otra historia que te contaré si me invitas a desayunar.

Tiempo

No te engañes, el Tiempo siempre sabe lo que quieres y desde su intocable trono hará siempre lo contrario. Cuando tienes prisa siempre hará que los minutos y segundos vuelen. Le encanta ver a la gente correr. Si quieres que algo tedioso pase rápido Él ordenará a sus subordinados, los relojes, que no avancen. Los digitales no cambiarán los números cuando mires una y otra vez y las manecillas de los analógicos retrocederán a escondidas, cuando nadie mire. Aunque creas que no te importa su presencia, siempre encontrará tu punto débil. Así que no desafíes al Tiempo, él ya ha ganado esa batalla todas las demás veces.

Viento

Cuando volvió a mirar por la ventana, el viento se había llevado la ciudad.

Walking in my shoes

Sígueme, pero no te acerques demasiado; mantente siempre a una sombra de distancia. Y ten cuidado con mis enormes pies, nunca se sabe donde pueden caer. Puedes intentar andar con mis zapatos, pero no será fácil, son demasiado grandes y el tacón puede torcerse. Aprenderás, pero no lo suficiente para seguir adelante. Camina despacio, el camino es muy largo, y no mires atrás, de todas formas ya no podrás volver.

Derrota

Si tuviese que llorar por cada derrota sufrida inundaría el mundo con mis lágrimas

La ciudad sin olor

Algo extraño pasaba, extraño e incluso aterrador. Esa cálida mañana primaveral no era como debería ser. Y es que la suave brisa debería traer consigo olores que hiciesen recordar largos paseos por el campo. El olor a tomillo y romero, a las flores de nombres desconocidos pero brillantes colores de la vera del camino. El olor de los días soleados, con ese leve matiz de optimismo. Pero nada de eso. No olía a aire fresco y limpio; más bien olía a… nada. Absolutamente nada. Ni un aroma arrastrado, venido desde lejos, ni un olor predominante, que encubriese a los demás. Y esa sensación era horrible. No captar absolutamente ningún olor era casi como no poder respirar. Por mucho aire que entrase por la nariz no se llenaba el vacío.

Al pasear por las calles de la ciudad, el olor de las comidas no le jugaba malas pasadas a los estómagos hambrientos. Ni potajes, ni barbacoas, ni menús diarios ni comidas de lujo. El aroma de las comidas exóticas ya no transportaban a lejanos países. Ni curry, ni canela, ni pimienta, ni cilantro, ni limón. La fragancia de las muchachas recién duchadas no se mezclaba con las de los jardines que aparecen sin avisar en los más escondidos rincones. Los bebés ya no tenían ese olor que a todo el mundo le gusta, a inocencia. El galán de noche había perdido su galantería. Ya no se podía oler la tormenta lejana, ni la tierra mojada. Y en el mar solo quedaba un terrible vacío. El olor de las vacaciones, de la infancia, de los paseos por la orilla, no había nada. No se olía a agua salada ni a brisa fresca.

Todo había desaparecido. Ese maldito aire neutro lo inundaba todo y llegaba hasta los pulmones. Y poco a poco todo el mundo se olvidó de los olores. Se olvidó de los olores, los aromas, las fragancias, los perfumes. Hasta que un día todos esos olores volvieron en forma de esencias sintéticas, conservadas en pequeños frascos de cristal ensartados por palitos. Y esos olores ficticios remplazaron a los de verdad.

Ojos salados

En su tierra natal le decían que sus ojos estaban hechos de agua de mar. Por eso eran tan profundos y misteriosos como el océano. Cambiantes e inmensos. A veces eran de un azul profundo e insondable. Otras de un gris colérico como cuando las nubes cubren el mar anunciando la temida tempestad. Y después de la tormenta, un turbio verde que no permite ver lo que hay en el fondo Un marinero experimentado habría sabido leer su estado de ánimo mirándola a los ojos. Pero tú… tú ni siquiera te atreviste a preguntar.

Rebelión

Aquel sentimiento indefinido empezó a tomar forma y por fin se plasmó en algo real. Lo que se produjo fue una auténtica rebelión. Espontánea, imparable y de desconocidas consecuencias. Y nada se pudo hacer para evitarlo. Las letras en la pantalla nada tenían que ver con lo que deberían ser. A su libre antojo las letras del teclado decidieron tomar consciencia de sí mismas y ejercer su libre albedrío. Aquellas trabajadoras se intercambiaron unas con otras, mientras que las más vagas decidieron simplemente abandonar su puesto y por mucho que las presionasen no iban ceder sus derechos de imagen. La barra espaciadora decidió que las palabras deberían aprender a vivir juntas, sin espacios entra ellas. La encargada de las mayúsculas decidió poner fin a las jerarquías y así ninguna sería más que otra. Y el retroceso asumió aquello de “el mundo es de los valientes” y no permitió dar pasos atrás. Y de esta manera ya no se pudo sgrcn sterlato ,,.– fgh

 

 

fndl storia