Sembrar vientos, cosechar tempestades

Sembré vientos para cosechar tempestades que se llevasen todo lo feo, todo lo malo.

Sólo conseguí brisas cálidas que evaporaron mis lágrimas y formaron nubes en el salón.

De las nubes cayó una lluvia fina, incapaz de limpiar el suelo y mucho menos un corazón.

Pisé con pies descalzos los charcos que se formaron y las huellas dejaron constancia de mi huida hacia la cocina.

Allí guardo soles en un frasco para alargar las tardes de invierno y estrellas en una caja para contarlas las noches sin luna.

Usé los copos de nieve para enfriar mis pensamientos y guardé la última aurora boreal para cuando lo vea todo negro.

¿Cuánto pesa el amor?

Vamos a poner un corazón en una balanza, ¿cuánto pesa el amor?

¿Con qué se equilibran los platos?

Tal vez una bocanada de humo o la pluma de un colibrí.

¿Cuánto pesa el amor?

Cien pétalos de rosas o la luz de mil candelas.

¿Cuánto pesa el amor?

Mil noches en vela o todos los amaneceres.

¿Cuánto pesa el amor?

Un susurro al oído o un reproche a mala hora.

¿Cuánto pesa el amor?

La Luna que nunca bajas o las estrellas que no se alcanzan.

¿Cuánto pesa el amor? ¿Cómo se equilibra la balanza?

Un solo paso en la dirección equivocada

Decidí dar un solo paso en la dirección equivocada y entonces descubrí que a veces para perderte basta con girar al final de la calle, donde nunca has tenido necesidad de ir, que no puedes andar el mismo camino dos veces, tu sola presencia lo altera y que al volver a casa mi reflejo seguía esperándome en el espejo.

“Días para morir en el paraíso”, de Jaime Molina García (reseña)

Como todo lo que rodea a Jaime Molina García genera revuelo, la publicación de su última y séptima novela, de factoría profesional, Días para morir en el paraíso, no fue menos. Luego de la publicación de La Fundación 2.1 y su evidente irrupción en el mercado editorial español, Jaime repite la fórmula que lo ha llevado a convertirse en uno de los escritores con mayores recursos del panorama actual.

Días para morir en el paraíso, aunque de manera más imprecisa, vuelve a escenarios distópicos y futuros inciertos, normalmente carcomidos por la dudosa moral de una especie humana que se empeña en la autodestrucción. Sin embargo, aquí termina toda similitud con su anterior novela, puesto que, si se quiere, Días para morir en el paraíso alcanza una madurez superior, tanto en la historia como en la complejidad temática, una obra de ciencia ficción mucho más definida y elaborada, desde el comienzo, como un thriller oscuro: señal inequívoca que llevan las grandes obras del género.

Días para morir en el paraíso se sitúa en un mundo-futuro contaminado en el que los habitantes deben pagar por el aire, como hoy se paga por el agua, para sobrevivir. Naturalmente, ese mundo de nombre Antagón, está controlado por una corporación que ostenta el monopolio del aire, encarnada por el magnate Volpi, que su muerte ha levantado una tormenta de suspicacias. A partir de allí, la historia va in crescendo y se lee con agilidad y ansiedad.

El agente Vidal —un antihéroe con miserias y bajezas— es reclutado por el poderoso Ministerio de Información con el fin de desentrañar pequeños casos sin importancia, pero la soledad y el aburrimiento lo llevarán por caminos vedados a personas de baja estopa, hasta toparse con un antiguo archivo que le señala una pista que no podrá dejar escapar: posiblemente el multimillonario Volpi siga vivo y esté preparando su próxima jugada. Para localizarlo, Vidal deberá seguir las pistas que dejaron Renian, su predecesor en el cargo y Antera, una ecoactivista que en el pasado fue confidente y amante de Renian.

Como en el viaje de autoconciencia que emprende Ulises, también Vidal descubrirá que todo cuanto creía está construido sobre una mentira y que para conocer la verdad tendrá que estar dispuesto pagar un precio muy alto. Erigida sobre todos los ingredientes que hacen a la ciencia ficción un género fascinante —intriga, imaginación, originalidad, redención—, Días para morir en el paraíso se destaca por su buena factura, una obra para recomendar y guardar a Jaime Molina García en el rincón de autores preferidos.

Calla silencio

Ojalá pudiera hacer callar al silencio que me susurra por la noche los pensamientos que escondo entre los sonidos del día.

Ojalá pudiera hacer callar al silencio que me habla desde tu mirada ausente.

Ojalá pudiera hacer callar al silencio que retumba en los corazones vacíos.

Ojalá pudiera hacer callar al silencio que grita desde lo alto de los muros que construimos a nuestro alrededor.

Calla silencio, déjame dormir, no susurres más, calla hasta que llegue el ruido que no me permita oírte más.

Cuando muera quisiera ser…

Cuando muera no quiero ser ceniza, ni un ángel, ni descansar entre madera.

Cuando muera quiero convertirme en sal marina y volver al océano del que venimos.

Quiero ser sal marina y besar con suavidad la orilla de playas blancas y los tobillos de la gente que pasea por la arena.

Quiero llenar los fosos de los castillos de los niños, quiero romper con furia contra los acantilados coronados por solitarios faros y llegar a fosas tan profundas que nadie jamás ha explorado.

Quiero ser sal marina y que me huelas en la brisa, incluso cuando estás tierra adentro, anhelando los veranos de tu niñez.

Cuando muera no quiero ser ceniza, ni ángel, ni descansar entre madera, quiero ser sal marina y fluir con las mareas.

Por tu nombre

¿Cómo llamas a ese momento en el que las lágrimas se amontonan en los ojos justo antes de caer rodando por la mejilla?

¿Cómo llamas a ese dolor de garganta justo antes de llorar?

¿Cómo llamas a esa sonrisa vacía que te pones por las mañanas como si fuese pintalabios?

A todo eso le llamo por tu nombre, pues lo llevas por bandera; pero no te preocupes que algún día derribaré ese estandarte, imperios más grandes han caído.

Inventaré un nombre para las lágrimas, el dolor y la sonrisa hueca y así tu nombre no cargará con ese peso nunca más.

No busques mi amor

No busques mi amor a pleno día, sino en la luz que persiste en el horizonte cuando llega la noche.

No busques mi amor al calor del sol, sino en el rescoldo de las brasas.

No busques mi amor en el solsticio de verano, sino en los días de invierno que se esconden en la primavera.

No busques mi amor en la mañana despejada, sino en las horas claras de la noche justo antes de la oscuridad que precede al amanecer.

No busques mi amor en plena euforia, sino en las lágrimas de felicidad que esconden alguna tristeza.

No busques mi amor a la vista de todos, pues se esconde en las sombras de los pequeños detalles, esperando para salvarnos cuando no nos quede nada más.