Pide un deseo

Estrellas

Explosiones en el cielo desafiando la oscuridad del vacío.
Luz muerta en constante viaje.
Guía de vuestros primeros pasos.
Y los pequeños deseos no nos importan nada.

Lloré todo el cielo

Tanto lloré que me quedé sin lágrimas y entonces lloré las estrellas del cielo, la Luna y el Sol.
Galaxias corriendo por mis mejillas.
Y así se quedó oscuro mi corazón.

El marinero y las Perseidas

El marinero, sólo en el acantilado al borde de la desconocida playa a la que la marea le había arrastrado, levantó la vista al cielo y descubrió asombrado que éste parecía caérsele encima. Un centenar de estrellas fugaces surcaban el cielo dejando brillantes estelas tras de sí. Los ojos y el corazón del marinero se iluminaron con el fulgor de los luceros errantes. Por un instante cerró los ojos y susurró “deseo estar en casa”. Pero al abrirlos seguía en el mismo lugar, perdido y solo y su corazón se volvió a apagar.

Entonces una estrella empezó a descender, tanto que el marinero pudo sentir su calor muy cerca de él. El muchacho la miró fascinado, no menos que ella a él. Podía contemplar su belleza como nunca lo había hecho. La estrella estaba envuelta en un velo de luz y su larga cola refulgía con el destello de un millar de brillantes. Varias estrellas más se acercaron a observar. El marinero, sobrecogido por la visión preguntó
– ¿Quienes sois vosotras?
– Somos las Perseidas, las estrellas errantes. Hemos oído tu lamento ¿Qué te sucede hombrecito? -preguntó el majestuoso astro con voz serena y antigua.
– Quiero estar de vuelta en mi hogar.
– ¿Qué es un hogar?
– Un hogar es donde vives, donde están todas tus cosas, la gente a la que conoces.
– Entonces tú ya estás en tu hogar -dijo una de ellas-. Este bonito planeta azul es tu casa.
– No, estoy en una tierra lejana, perdido y todo es distinto a lo que yo siempre he conocido.
– ¿Distinto? ¿Cómo puede ser eso?
– ¿Acaso no es el mismo cielo el que lo cubre todo? ¿No están todas las aguas conectadas entre sí? Y los humanos sois todos iguales, ¿qué tienes que temer entonces?
– Los humanos no somos iguales, somos bien distintos unos de otros.
– ¿De verdad? Desde lo alto del cielo todos parecéis iguales.
– Pero tenemos distintos colores y hablamos de formas distintas.
– También las estrellas brillamos de forma distinta unas de otras, pero eso no nos hace extrañas a ojos de las demás.
– Además, a todos os gusta mirarnos, intentáis contar cuantas somos, aunque nunca lo lleguéis a averiguar. Y cuando nos veis a nosotras en nuestro peregrinar, compartís los mismos deseos, porque al final todos buscáis la felicidad.

El marinero reflexionó sobre las palabras de las estrellas y llegó a la conclusión de que tenían razón. Al fin y al cabo ellas habían viajado aún más que él, habían visto y oído muchas más cosas y quien era él para contradecir a una estrella, nadie, poco más que un grumete que apenas sabía de la vida.
– ¿Hay algo más que nos quieras pedir?
– ¿De verdad concedéis deseos?
– Depende.
– ¿Depende de qué?
– Depende de lo que trabajes para conseguir tu deseo. Nosotras ayudamos a aquellos que de verdad quieren algo, pero no podemos hacer todo el trabajo nosotras solas.
– No me gustaría desperdiciar un deseo, ya haré lo posible por volver.
– Muy bien, entonces guárdatelo para cuando no nos puedas ver. Ahora tenemos que seguir nuestro camino.
Una pequeña esfera de luz flotó con elegancia hasta el bolsillo del muchacho, su deseo aplazado.
– Úsalo cuando de verdad necesites ayuda.
Las estrellas se marcharon, pero ahora ya no tenía miedo.