Últimas palabras

Su trabajo no era otro que escribir, escribir últimas palabras. Esas últimas palabras que pasan a la posteridad escritas en lápidas, en libros de historia, en biografías de personajes importantes, aunque sólo lo sean tras el paso de los años. Últimas palabras que inspiran a muchos o que significan sólo algo para unos pocos. Toda su vida había escrito últimas palabras para los demás, las retocaba, las inventaba, las magnificaba. Sin embargo, se murió sin dejar ni una sola palabra, ni una sílaba tan siquiera, ya las había gastado todas. Por fin pudo disfrutar del silencio.

Le dolía la vida

Le dolían las cosas que nunca sabría.

Le dolían los días que no volverían.

Le dolían los triunfos que no obtendría y los placeres que no disfrutaría.

La vida duele, se quejó.

Y entonces la Vida le respondió:

¿Qué puedes saber tú de mí si solamente te fijas en el Vacío?

Esperanza a subasta

La esperanza se quedó al fondo de la caja y antes de que nadie pudiese rescatarla, la caja fue precintada y olvidada junto a tantas otras llenas de trastos.
La esperanza sigue en el fondo de una caja olvidada en un trastero, a punto de ser subastado al mejor postor, quien pujará sin conocer su auténtico valor.

La gota que colma el vaso

Avísame antes de que la ultima gota colme el vaso y entonces cerraré el grifo, detendré la lluvia y no se derramará ni una lágrima más. Porque si tu vaso se desborda, la corriente arrasará todo a su paso con las olas de tu dolor, tu nombre será el de un desastre que no podrás olvidar y te reconocerás en cada castillo derribado.

Ave Fénix

Recuerda que así como el Ave Fénix para renacer de sus cenizas debe arder en un intenso fuego que lo consuma con voracidad, tú debes arder en el fuego de tu pasión. Alimenta la llama de tu corazón, déjalo arder con tanta fuerza que consuma tu cuerpo y evapore tu espíritu y antes de que el viento esparza tus cenizas vuela con alas nuevas que te lleven lejos, dejando sólo tierra quemada atrás.

Ranas en el jardín, pájaros en la cabeza

Iba besando príncipes para convertirlos en ranas que le cantasen en el charco del jardín.

Su jardín que estaba triste porque ya no quedaban luciérnagas, ahora eran luces LED y las mariposas estaban atrapadas en los estómagos de los enamorados.

Iba mirando las nubes porque los pájaros de su cabeza habían alzado el vuelo y no sabía si sabrían volver.

Somos nuestros propios dioses

Conseguimos llegar hasta las estrellas, nos atrevemos a tocar la Luna y aterrizar en un cometa, exploramos planetas.

Creamos seres inteligentes que nos quieren imitar, tal vez nos lleguen a superar.

Jugamos con la muerte, haciéndola ceder cada día un poco más.

Y tú que dices que los dioses no existen, ¿no te das cuenta?

Somos nosotros, nuestros propios dioses, vanidosos, misericordiosos, creadores y destructores, en este Olimpo que sin pudor hemos reclamado.

Pero recuerda, ¿y si Prometeo nos roba el fuego? ¿Y si nuestra creación nos niega?

De corazones y cazadores de tesoros

—Yo no llevo el corazón en la mano, solía tenerlo en un puño, pero ahora ya ni siquiera llevo corazón. Sólo tengo un hueco en el pecho que lleno con varias cosas, a veces humo, café, sarcasmo y canciones. Otras, sueño, indiferencia, ceniza y caramelos. Poemas, chocolate, decepciones y sonrisas.

—¿Qué le pasó a tu corazón?

—Lo guardé hace tiempo para que estuviese siempre a salvo y he olvidado donde lo dejé.

—Me haré buscador de tesoros y lo encontraré.