Kintsugi

Se te rompió el corazón y pensaste que ya no lo podrías usar, pero yo lo recogí de la basura para enmendarlo. Pegaré cada trozo y rellenaré las grietas con oro puro para que las cicatrices reluzcan con orgullo. Así, lo que una vez estuvo roto tendrá ahora más valor, más hermoso aún si cabe, se volverá más fuerte para que no se rompa nunca más. Lo pondré de nuevo en su sitio y podrás usarlo otra vez.

[kintsugi: es el arte japonés de arreglar fracturas de la cerámica con barniz de resina espolvoreado o mezclado con polvo de oro , plata o platino. Forma parte de una filosofía que plantea que las roturas y reparaciones forman parte de la historia de un objeto y deben mostrarse en lugar de ocultarse, incorporarse y además hacerlo para embellecer el objeto, poniendo de manifiesto su transformación e historia.]

El marinero y las Perseidas

El marinero, sólo en el acantilado al borde de la desconocida playa a la que la marea le había arrastrado, levantó la vista al cielo y descubrió asombrado que éste parecía caérsele encima. Un centenar de estrellas fugaces surcaban el cielo dejando brillantes estelas tras de sí. Los ojos y el corazón del marinero se iluminaron con el fulgor de los luceros errantes. Por un instante cerró los ojos y susurró “deseo estar en casa”. Pero al abrirlos seguía en el mismo lugar, perdido y solo y su corazón se volvió a apagar.

Entonces una estrella empezó a descender, tanto que el marinero pudo sentir su calor muy cerca de él. El muchacho la miró fascinado, no menos que ella a él. Podía contemplar su belleza como nunca lo había hecho. La estrella estaba envuelta en un velo de luz y su larga cola refulgía con el destello de un millar de brillantes. Varias estrellas más se acercaron a observar. El marinero, sobrecogido por la visión preguntó
– ¿Quienes sois vosotras?
– Somos las Perseidas, las estrellas errantes. Hemos oído tu lamento ¿Qué te sucede hombrecito? -preguntó el majestuoso astro con voz serena y antigua.
– Quiero estar de vuelta en mi hogar.
– ¿Qué es un hogar?
– Un hogar es donde vives, donde están todas tus cosas, la gente a la que conoces.
– Entonces tú ya estás en tu hogar -dijo una de ellas-. Este bonito planeta azul es tu casa.
– No, estoy en una tierra lejana, perdido y todo es distinto a lo que yo siempre he conocido.
– ¿Distinto? ¿Cómo puede ser eso?
– ¿Acaso no es el mismo cielo el que lo cubre todo? ¿No están todas las aguas conectadas entre sí? Y los humanos sois todos iguales, ¿qué tienes que temer entonces?
– Los humanos no somos iguales, somos bien distintos unos de otros.
– ¿De verdad? Desde lo alto del cielo todos parecéis iguales.
– Pero tenemos distintos colores y hablamos de formas distintas.
– También las estrellas brillamos de forma distinta unas de otras, pero eso no nos hace extrañas a ojos de las demás.
– Además, a todos os gusta mirarnos, intentáis contar cuantas somos, aunque nunca lo lleguéis a averiguar. Y cuando nos veis a nosotras en nuestro peregrinar, compartís los mismos deseos, porque al final todos buscáis la felicidad.

El marinero reflexionó sobre las palabras de las estrellas y llegó a la conclusión de que tenían razón. Al fin y al cabo ellas habían viajado aún más que él, habían visto y oído muchas más cosas y quien era él para contradecir a una estrella, nadie, poco más que un grumete que apenas sabía de la vida.
– ¿Hay algo más que nos quieras pedir?
– ¿De verdad concedéis deseos?
– Depende.
– ¿Depende de qué?
– Depende de lo que trabajes para conseguir tu deseo. Nosotras ayudamos a aquellos que de verdad quieren algo, pero no podemos hacer todo el trabajo nosotras solas.
– No me gustaría desperdiciar un deseo, ya haré lo posible por volver.
– Muy bien, entonces guárdatelo para cuando no nos puedas ver. Ahora tenemos que seguir nuestro camino.
Una pequeña esfera de luz flotó con elegancia hasta el bolsillo del muchacho, su deseo aplazado.
– Úsalo cuando de verdad necesites ayuda.
Las estrellas se marcharon, pero ahora ya no tenía miedo.

Ensayo sobre las pequeñas cosas

Las pequeñas cosas son las que crean y destruyen las cosas grandes, la alegría, el valor, la esperanza o el amor. A las pequeñas cosas les gusta anidar en el corazón, en silencio, como hormiguitas afanosas que cavan largos túneles. Al principio pasan desapercibidas, parecen tonterías, es una sonrisa de medio lado, no especialmente bonita, un pelo rebelde que no obedece al cepillo, la risa tonta que no se puede contener, el olor a café por las mañanas, la sobremesa y algunas noches y más mucho más. No se les hace caso, parecen inofensivas, el cerebro las ignora y entonces se hacen fuertes y ya no se van. Para bien y para mal.

El amor, esa cosa tan grande, tiene mucho de pequeñas cosas, lo tiene todo. El amor que se explica con razones contundentes, no es amor, es otra cosa; pero el amor que no se sabe explicar, ese es el de verdad, porque ese “no lo se” esconde todas las pequeñas cosas. Es un amor de muchas, muchas, muchas cosas pequeñitas que se escurren entre los dedos de la razón y colonizan todo el ser. Fíate de quien no sabe por qué te quiere y ama tú del mismo modo.

Pero el desamor también son pequeñas cosas, mucho más terribles, contra las que no se puede luchar. No son un gran enemigo al que atacar de frente, son pequeños infiltrados silenciosos que llegan de uno en uno y se convierten en una guerrilla. Al principio no se les da importancia, de insignificantes que son, pero cavan en silencio y sus túneles se extiende muy profundos.

¡Ay las pequeñas cosas! Tan maravillosas y tan terribles.

El limpiabotas

Siempre acudía al viejo limpiabotas, más por costumbre que por necesidad. Sus zapatos siempre acababan más sucios de lo que estaban. Su vista ya no era lo que fue, demasiados años de trabajo, desde niño. Los trapos que usaba estaban grasientos y ennegrecidos. El betún nunca quedaba bien extendido. Sin embargo le gustaba oír hablar a aquel hombre sobre las buenas costumbres y cómo los zapatos reflejaban la clase de un hombre. Le gustaba imaginarse a importantes hombres de negocios dedicando un poco de tiempo a cuidar de sus zapatos. Ahora nadie se fija en los zapatos -decía el limpiabotas- pero no se fíe de alguien con los zapatos sucios. Casi siempre volvía a limpiarlos al llegar a casa, pero merecía la pena la charla con el limpiabotas. Además no se podía imaginar como sería la vida del limpiabotas cuando ya a nadie le importase el aspecto de sus zapatos.